
Infinita imagen del puro sueño, como cuento, como hada, como sólo tú aún con lo puesto, lo de siempre, lo que traemos desde hace años que venimos cargadas. Como siempre tu maleta en tus viajes, esos cinco pares de botas para dos días de nada.
La invisible distancia que nos separa a través de los mapas, viajes sin control volando aguas, sueños, y todas las malditas ausencias cuando quieres estar y sólo hay una línea delgada, un cable que no se ve, pero se sabe con arma. Y no permite el abrazo, y dibuja la magia colgando del cielo, de antenas que unen ínsulas y penínsulas, palabras rellenas tapando huecos con ojos de espuma.
Indómita risa que nos aclara, nos acompaña, que hasta nos ahoga, abandonando lo negro en gasolineras desiertas, lo mejor para grises mañanas, para tardes de rabia, para noches sin luces de ambiente, con lámparas de techo cegadoras que no dan lugar a la sombra ni a las mentiras más empañadas.
Y la querencia más pura, sin fisuras, sin goteras, sin tener que poner barreños que recojan la humedad, que si la hay ya estamos nosotras para secarla. Y si hace falta hasta para pintarla. Que la vida hay que decorarla, porque hay días que se levanta preciosa y con la cara lavada, pero hay otros que la muy puta hace que todo sea de un color plata, avejentado, y entonces hay que limpiarla. Para poder ver nuestra cara reflejada. Para que todo no se torne del color de las calles mojadas, el asfalto gris, el olor del invierno cuando la ciudad despide su hedor de bestia asfixiada.
Intuimos el instante del color de la pereza, nos dejamos ver distorsionadas, dejamos que todo tome vida propia y se contorsione a su antojo, que las cosas se pongan al revés, se retuerzan, y salten ellas solas de un lugar a otro, sin orden ni conciencia. Libres, puras, sin ninguna coherencia. Nada más que coexistir con lo que somos. Pura vida, toda esencia, y que nos lleve el amor por donde quiera.
Y vamos de la mano, juntas, con nuestras medallas, las huellas de nuestra tortura. Nuestra alegría capaz de levantar el mundo, de derrotar a los astutos que pretenden tapar las grietas con el mal gusto, como si nunca hubiéramos leído el libro de los agravios, de los insultos. Como si en ocasiones no estuviéramos ya de vuelta.
Aún queda mucha cera que arder, demasiadas luces por prender, y no hay luz como la tuya, bien lo sé. Que hay días que sin tu sueño y tu realidad me descolgaría de mis hilos, me rompería contra el suelo en mil fragmentos, en mil piezas desvencijadas. Y de pronto y como siempre, tú. Cubres mi amalgama, y haces que me sienta menos muñeco, menos usada.
Y entonces el techo se templa, el viento se para, me siento menos sola, más firme y menos de goma, y siento que lo tuyo es mío, lo mío de ambas, que lo nuestro es indefinible, que se aloja en la nada. Que tenerte en mi vida es, simplemente, un amanecer en la mañana.