
Estaba rodeada de cocodrilos. Reptaban por las aguas llenas de fango, afilando sus colmillos y fijando sus miradas en la presa que yo era. El saberme la única superviviente me confería el rostro del ganador, la fuerza del que puede escapar, quiere escapar, y está dispuesto a dejarse la piel en ello y salir victorioso de las bestias y cruzar al otro lado. Así que me abalancé sobre ellos con toda mi energía, llena de ímpetu mientras les hacía burla y reía esquivando sus cuerpos.
Pero entonces uno de ellos levantó la cabeza, giró su larga cola y golpeó mis piernas lanzándome al vacío. Haciéndome volar para caer vertiginosamente hacia el abismo.
Pero entonces uno de ellos levantó la cabeza, giró su larga cola y golpeó mis piernas lanzándome al vacío. Haciéndome volar para caer vertiginosamente hacia el abismo.
Mi cuerpo, ligero, reposó pesado contra el suelo, devolviendo el sonido del golpe, sordo y seco. Y entonces el fango ya no era fango, los cocodrilos no eran cocodrilos sino 32 ojos que me miraban asustados, presas del pánico de haber llevado el juego hasta el límite que separa la realidad del sueño. Y la superviviente ya no sobrevivía, sólo se llevaba la mano hasta el pecho diciendo que estaba bien, con el rostro desencajado, ese del que miente vilmente. De esas mentiras que no se soportan ni anclándolas al suelo, incapaces de sostenerse sobre una base sólida.
Hoy la vida duele. Como el maldito pecho. Un dolor punzante que se clava en las costillas, en la piel, en el alma. Impidiendo respirar, reír, llorar, o toser. Cualquier pequeño gesto conlleva una exhalación de dolor que convierte toda actividad en un suplicio.
Ayer creí que iba a morir. Sola, desahuciada... Pero morir no es tan fácil. La muerte no quiere vivos. La muerte quiere muerte, carne de cañón. Y yo estoy viva. Tremendamente viva. Esperanzadamente viva.
Como decían en Candilejas, "Si existe algo tan inevitable como la muerte, es la vida".
Yo elegí la vida… aunque duela.
¿Te enteras Negra?
Hoy la vida duele. Como el maldito pecho. Un dolor punzante que se clava en las costillas, en la piel, en el alma. Impidiendo respirar, reír, llorar, o toser. Cualquier pequeño gesto conlleva una exhalación de dolor que convierte toda actividad en un suplicio.
Ayer creí que iba a morir. Sola, desahuciada... Pero morir no es tan fácil. La muerte no quiere vivos. La muerte quiere muerte, carne de cañón. Y yo estoy viva. Tremendamente viva. Esperanzadamente viva.
Como decían en Candilejas, "Si existe algo tan inevitable como la muerte, es la vida".
Yo elegí la vida… aunque duela.
¿Te enteras Negra?
Foto: Fuerza by sensu-es



