
Siento mil cuerpos que me buscan, que se acoplan al mío como el que busca refugio de la lluvia y se cobija debajo de un árbol que dos veces le moja. Soledades sin peso aparente con plomo atado a los pies, hundidas en el fondo de un océano en el que hace mucho que ya nadie se baña.
He tirado de nuevo la moneda al aire, esperando cara o cruz, colocado o ganador. Y hace demasiado tiempo que nadie apuesta en este juego que se quedó sin dados cuando se fueron sus dedos.
Tú y yo no somos tan diferentes cuando desechamos pieles, cuando el frío de una noche de Enero se hace presente en una tarde de junio, y por más que nos abrigamos no hallamos calor a 33 grados a la sombra. Y vuelvo a casa con un trozo menos, como una tarta de la que se comieron el centro y dejaron a un lado la vela apagada. Sin regalo para este cumpleaños constante, este deseo vivo que muere en cada esquina, esta avidez que nadie apaga cuando sopla.
Entonces muerdo las paredes. Queda el yeso cojo entre mi boca, y no hay muleta donde apoyar este sentimiento vacío que todo lo llena. Me convierto en iceberg y congelo la sonrisa, las suyas, la mía. Añado ginebra al hielo para emborrachar este turismo ambulante por ciudades que no me interesan.
Y me pregunto que será de ti, que será de mi, si no éramos la música que suena cuando aparecen los títulos de crédito y la gente que no sabe esperar se levanta. Uno para el otro, como la cabeza al sombrero, como el ojo a la pupila.
Y ahora, sin tú saberlo, los dos miramos la misma escena de nuevo repetida desde butacas paralelas sin tocarnos. Vuelvo a levantarme antes de tiempo, intentando olvidar que algún día casi me dejé contigo. Esperando que haya de llegar el clavo ardiente que una la tabla a la pared, el espejo al techo. Ese que me haga olvidar que de algún modo, me asemejo a tu tiempo, a ese hueco vacío que fueron tus palabras.